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Uno mas Uno 15 de julio, 2002 Â Â Â Â Â Â Â
ZONA FRANCA FRANCESCA O LAS INFLUENCIAS           ¿EncontrarÃamos a Mónica?, se reguntaban los trashumantes de la Zona Franca. Tantas veces les habÃa bastado asomarse, viniendo por la calle de Centenario, al arco que da a la cafeterÃa, y apenas la luz de ceniza y olivo que flotaba en el aire los dejaba distinguir su diminuta silueta que se inscribÃa afuera de El hijo del Cuervo. La belleza de esta pequeña criatura brillaba al lado de la gran timidez de los caminantes, quienes se quedaron con las rosas rojas en la mano aquella tarde que la vieron por última vez.
La idea del paso de los años puso muy nostálgicos a los tÃmidos de la Zona Franca, como si no pudieran perdonarse la poca audacia que distinguió el rumbo de sus años mozos. Recordaron además un antÃdoto recomendado alguna vez por un maestro de literatura, que consistÃa en revertir los efectos de la saudade mediante concienzudos ejercicios de estilo. Las primeras sombras literarias, todavÃa muy presentes en los caminantes, trazaron el camino de su memoria.
Fue entonces cuando los de la Zona Franca la miraron. Una lÃnea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Mónica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y pequeña, de rasgos poco afilados que insinuaban una niñez desamparada, y de ojos aceitunados que exigÃan la satisfacción de cualquier capricho en cualquier momento. Menos que su rostro, a los caminantes de la Zona Franca les impresionó su aire de tranquilo misterio. SonreÃa fácilmente y la sonrisa atraÃa a otros muchachos —no tan tÃmidos como los paseantes de la Zona Franca—, casi siempre vestidos de negro y con el pelo largo. Ella también vestÃa de negro, lo cual es común en tierras del Sur (Coyoacán), donde tratan de contrastar sin colores la algarabÃa del ámbito (casi siempre era domingo). Hablaba el español propio de esas tierras, sin ser nÃtido ni preciso, y acentuaba levemente las vocales. En la Zona Franca somos muy observadores; pero esas cosas las descubrimos poco a poco, cuando la timidez los fue abandonando.
Mó-ni-ca. Para su madre era simplemente Mo. El nombre nunca fascinó a los tÃmidos paseantes, quienes preferÃan llamarla Ella. Y era siempre Ella por las mañanas, durante un improbable desayuno. Ella habitando un paisaje triste desteñido de amor. Ella al encender un cigarrillo con ese postizo aire de mujer fatal. Ella repentinamente encumbrada como heroÃna adolescente de una telenovela olvidable y rebautizada como Francesca.
Mónica dejó a los paseantes de la Zona Franca con la magdalena a medio terminar. Nunca les fue dado poseer sus encantos de fin de semana. Nunca pudieron perdonarle su indiferencia. Nunca pudieron vencer la timidez. Por eso no cantaremos aquÃ, Mónica, tus costados, pálidos y divinos que descubrÃas con elegancia; ni ese seno que en los azares del amor deseamos alguna vez que se libertara de los velos tenues; ni los ojos, que nunca pudimos mirar de cerca y que entornabas, púdicos; sino el enlazar tu brazo al nuestro, por la calle de la imaginación, cuando los astros en el barrio de Coyoacán nos miraban con picardÃa, a ti linda virgen suicida, y a nosotros, viejos libertinos. |